martes, 1 de diciembre de 2009

De las buenas

Siendo un tierno infante milité contra el tabaco. Proporcionalmente a mi estatura el campo de batalla lo demarcaba mi casa y el blanco de mis ataques no eran multinacionales sino puntuales miembros de mi familia, los que no dudaban en apoyar mi lucha sin apagar sus cigarrillos. Ese compromiso no duró mucho, al poco tiempo ya entretenía mis tardes de pueblo fumando las ramas secas de una madreselva que dividía mi patio y que alcanzaron fama escolar bajo una adúltera denominación; “Derby Palo”. He fumado cosas peores.
Todavía en séptimo grado ‘tragar el humo’ era un misterio, y pedir un atado en el kiosco una vergüenza. Para mi conciencia fumar tabaco pesaba como cualquier otro delito, por eso el único cómplice era mi primo. Nos turnábamos para comprar y lo hacíamos en kioscos de barrios ajenos. No teníamos dudas de que si un vecino nos veía en tal situación iba a ir sin demoras a tocar el timbre de nuestra casa para advertir a nuestros padres. Si estaba la posibilidad de que algún conocido nos viera comprando -ni qué hablar fumando- la empresa se suspendía. Teníamos un stock de varias marcas en un frasco escondido bajo tierra a orillas de un canal paralelo a las vías del ferrocarril a metros de un único árbol y a kilómetros del centro urbano. Nos llevaban hasta ahí unas fieles Zanellitas. El lugar fue poéticamente bautizado como ‘El valle del algarrobo’; aunque el árbol era una acacia y en esa zona de la región pampeana no hay valles, pero nosotros éramos soñadores.
Teníamos en claro que fumábamos porque nos gustaba el tabaco. Lo primero que hacíamos al llegar al valle era elegir una marca, o a veces dos –una marca cada uno- para destacar sus características; algunas eran ricas en gusto, otras en olor. Hecho eso nos apoyábamos en los hilos de un alambrado y elogiábamos la belleza de las chicas que nos gustaban.
Pasábamos la tarde ahí. Si bien conocíamos el mar y las montañas, la llanura no nos parecía vana, tampoco su fauna. A la distancia algunos autos –y muchos camiones- que pasaban como flotando sobre una invisible ruta distraían nuestra atención. Posiblemente inspirados por eso planeábamos viajes por todo el país.
El misterio, la vergüenza y el miedo desaparecieron con el tiempo y los atados. No importaba cuántos argumentos sobre los perjuicios de fumar nos explicasen, ninguno era tan bueno como fumar. Mucho menos para un adolescente con tendencias autodestructivas. Yo confiaba que algún día iba a dejarlo. Proponiéndomelo o tal vez como lo dejó mi viejo, que cuando en épocas de hiperinflación el kiosquero le escondió los atados –Ahora se los va a tener que fumar él!- sentenció. Y no sólo dejó de fumar y de ir al kiosco, además le negó el saludo. Entiendo ese enojo, sé que fumaba por vicio pero también por gusto.
A los dieciséis años intenté por primera vez dejarlo, estuve trece días sin fumar. Al no tener síndrome de abstinencia deduje que tampoco tenía el vicio, por lo que volví a fumar. Por esos años mi primo empezó la universidad en una ciudad lejana, supongo que ese cambio le dio la madurez y el coraje suficiente para confesar en su casa tal hábito. Yo alenté su decisión pero acordamos que para mí no era tan conveniente. Y sabíamos que por la amistad que nos unía caerían sobre mí algunas sospechas, en tal caso la solución sería negar todo. De hecho mi mamá dos días después me preguntó si sabía que él fumaba y si yo fumaba también, sospecho que me estaba dando la oportunidad de una confesión que tardaría tres años en llegar.
Nunca ignoré que fumar hace mal pero recién hace cuatro o cinco años decidí que tenía que dejar en algún momento y que cuanto antes sucediera más fácil sería todo. En mi imaginario estaba la barrera de los treinta años y confiaba en eso.
Nunca pude fumar poco, creo que un cigarrillo es lo mismo que veinte y que pensar en fumar es tan malo como el fumar mismo. Eso de comprar cigarrillos sueltos no iba a funcionar para mí. Cuando alguien notaba mi compulsiva manera de fumar yo decía que tenía pensado dejar, pero que estaba esperando un clic, el momento preciso. Según pensaba tendría que ser en un momento muy malo o muy bueno. Cuando llegaron los malos momentos supe que tendría que ser definitivamente en uno bueno. Con bueno me refiero a un momento de armonía y de paz, y no a uno particularmente feliz.
Siempre fui responsable como fumador, ya no recuerdo la última vez que me quedé sin cigarrillos y es raro que pierda el encendedor. Sin embargo una madrugada, al final de mi día, noté que estaba fumando el último cigarrillo de un atado de veinte y que no había comprado otro. Eso no me preocupó, porque en minutos iba a estar durmiendo y nunca sentí deseos de fumar en ese estado. Siete horas más tarde, un poco antes del mediodía, me desperté y para terminar con mi elemental rutina me bañé. Fue durante el baño que se me ocurrió esperar y comprar los cigarrillos en el trabajo, después de todo ya tenía unas cuantas horas sin probar pitada. No comí nada, también pospuse eso. Ya en el trabajo, merendé y con los pensamientos en otro lado dejé los cigarrillos fuera de los planes. Más tarde engañé a la ansiedad leyendo y evité comprar un atado hasta la noche. Cuando faltaba poco para volver a casa decidí arriesgarme y no comprar, de última en casa tenía los cigarrillos de mi hermana y unos de edición limitada que nunca terminé. Llegué finalmente a casa, comí y contrario a la experiencia de algunos, no extrañé tanto ese cigarrillo, será que siempre espero un poco para prenderlo. Sin demorarme mucho frente al tele me fui a dormir con la intención de no abusar de mi suerte. Había pasado un día sin fumar; hoy ya son diez meses.